miércoles, 29 de julio de 2015

PRIMERA MENCION - MARIA ESTHER LOPEZ ESCOBAR - BALADA PARA TERESA

Balada para Teresa

Teresa trajina en la cocina preparando la cena del marido. De a ratos, se asoma a la salita y le da una mirada al televisor, que siempre está prendido a la hora del noticiero. No se sienta a verlo; pero si escucha algo que le interesa, detiene sus quehaceres  y secándose las manos en el paño que cuelga de su cintura, va a mirar.
Mientras prepara su ensalada favorita, escucha algo que frena  su mano, dejándola con la cuchara en el aire.
La voz del locutor, risueña, dice: -Nos visita nuevamente, el último de los Beatles, Paul Mc Cartney, que se presentará en nuestro estadio. Mac Cartney… Los Beatles…
Fue como un fogonazo. Siente el calor subiendo por su cuello y  sus mejillas. Sus labios se abren en un “¡Ah¡”, entre sorprendido y emocionado.
-¡Cómo me gustaría ir a escucharlo!
Recuerda la primera vez que vio un recital de los cuatro melenudos. Fue en un televisor blanco y negro, sólo habían llegado a Buenos Aires).
-¡Hace tanto tiempo…! –
Tenía dieciocho años, frescos y esperanzados en un despertar del mundo. La Primavera de Praga…La guerra de Vietnam… Pasaban muchas cosas, y Los Beatles cantaban sus canciones de amor y paz.
Nunca pudo aprender bien el inglés, pero aquellas canciones pegadizas eran repetidas por todos en sus encuentros de estudiantes.
-Me gustaría ir a verlo-…Sí ¡Voy a ir!
Se siente excitada, liviana. Decidida, abandona la cocina.
Busca y rebusca en una caja muy vieja donde  guarda fetiches de su juventud.
-¡ Aquí está¡- un disco de pasta, 33 revoluciones, comprado con sus ahorros de liceal… Está  Yesterday, su tema favorito.
Aprieta el disco contra su pecho y cierra los ojos. Su corazón bailotea en el recuerdo: los hermanos, la casa paterna, los sábados de baile… ¡Todo era tan simple.¡
Después apareció Yoko, el grupo se deshizo.
Su vida cambió… la facultad, el trabajo, el amor… Cuando mataron a Lennon se le arrugó el alma un poco más.
Ahora la visita de MacCartney le trae esta emoción nueva, esta necesidad de encontrar sus recuerdos, tal vez sus sueños olvidados.
La puerta de calle se abre; Martín, su marido, se queda parado, mirándola con extrañeza:
-¿Qué hacés con esas cajas volcadas en el piso? ¿Perdiste un anillo?
-Hola Martín, estaba buscando un disco de Los Beatles. Lo compré en 1968.
-¡Ah, sí! Viene Mc Cartney al estadio. A su edad, no debe entonar ni el Arroz con leche.
Ella en un susurro, le dice: -Me gustaría ir a verlo.
Su marido la mira divertido, la besa leve en la mejilla.
-¿Cenamos?- Pregunta.
Teresa suspira profundo, guarda la caja, pero trae el disco y lo apoya sobre una repisa. Después se sienta a cenar junto a él. Sus ojos brillan y tararea distraída algo que Martín no logra entender.
Al acostarse, apaga la luz y sonríe -Dentro de quince días- murmura; y se duerme.
Toda la semana, Teresa está en vilo. Llama por teléfono a una agencia, hace cuentas, averigua el costo del dólar todos los días. Decide no comprarse las botas de cuero; un par de championes abrigan igual y cuestan mucho menos ¿Chaqueta nueva? No, mando a la tintorería la de hace cuatro años, queda impecable; me da para la mitad de la entrada, el resto lo pago en dos cuotas, así no le pido plata a Martín.
Su marido asiste indiferente a los preparativos, la mira por encima de los lentes. Ella sale temprano a comprar la entrada.
-¿Con quién vas a ir?- Pregunta.
-Sola. El ómnibus me deja en la puerta. Voy  bien temprano para no hacer la cola. Al regreso vuelvo en un taxi, no te preocupes.
¡Por fin! ¡Llegó el gran día! La televisión trasmite noticias desde temprano dando detalles sobre las actividades de Paul en Montevideo: que salió del hotel, que llegó al estadio, que está probando el sonido, que solicita fruta fresca… Siguen cada  paso que da.
Teresa se prepara: una blusa verde con mangas sueltas, bordada con motivos hindúes, un vaquero negro, algo gastado,  ancho en los bajos, championes lustrosos, acordonados; todo  comprado de segunda mano para la ocasión.
El pelo negro, siempre peinado en una sola trenza, hoy  cae por su espalda, enrulado, mostrando algunas canas, y un mechón plateado sobre la sien izquierda. Pulseras de madera en sus muñecas. Se cuelga un pequeño bolso en bandolera y sale decidida a encontrarse con sus recuerdos.
El estadio está repleto, miles de personas gritan, sacuden pañuelos de colores y banderas uruguayas. El escenario es fantástico. Una gran pantalla pasa continuamente flashes de las  actuaciones de los Cuatro de Liverpool, esperando a Paul.
Teresa asciende hasta su lugar en la tribuna, se sienta tímidamente, luego se para y empieza a mirar con su largavista, comprado en la entrada del estadio. Sus pies siguen el ritmo con soltura. Canta a viva voz los estribillos. Entonces entre las voces escucha una voz que reconoce al instante.
-¡Mamá! ¿Qué hacés acá?
Se vuelve  y dos filas más abajo, ve a su hijo Pedro con la novia.
-¡Hola, hijo! Ya ves, yo también vine a disfrutar a Mc Cartney.
-Pero…
-No te preocupes, estoy muy bien.
-¡Teresita… Teresita…! Una  voz grave y clara, hace que se vuelva. A dos pasos de ella, una mujer flaca, rubia, ríe abiertamente y la estrecha con fuerza.
-¡Diana! ¡Qué alegría enorme encontrarte justo aquí!
-Sí, vinimos en excursión; allá están Carlos, Rodolfo y Quina. Algunos no quisieron venir, otros ya no están.
-¿Te acordás cuando cantábamos en las peñas del liceo, los fragmentos que nos pasaba la gorda de inglés?
-Parecíamos una murga-, ríe Diana.
-Vení, bajá, voy a presentarte a mi hijo.
-Sí, pero después nos juntamos todos para celebrar el reencuentro.
-Pedro, esta amiga es Diana, fuimos compañeras de liceo en el 68, época de apogeo de Los Beatles.
-Mamá, ni me imaginaba que te gustaba Mc Cartney.
-Yo también fui joven, pero ahora, a callar que va a empezar.
Se apagan las luces y se destaca  abajo el escenario.
Diana y Teresa se abrazan. Pedro y su novia sonríen y las besan.
En medio de una luz plateada, un hombre alto, maduro, sencillamente vestido, se adelanta, levanta su guitarra. Estalla un clamor de júbilo.
En esa multitud, Teresa y Diana, y miles de sesentones como ellas, mezclan lágrimas y risas y tararean con voz quebrada, “Yesterday”.

Mientras la noche avanza, el corazón de Teresa recobra sus dieciocho años. Ríe, sueña, canta con Paul, para homenajear a la juventud que se fue.

SEGUNDA MENCION ALICIA LEONOR ORLANDO - DIETA LIGERA

DIETA LIGERA

                         Me pareció que iba a darle un síncope. Fue un milagro no ocurriera, especialmente conociendo las circunstancias.
-Flora, no te pongas así – le dije - ese tipo de cosas se hacen sin pensar, a veces por desesperación. Mirá, traje algunas,  las puse en el balcón y estallan en verdes. Cuanta razón tenés al decir que las plantas están en actividad día y noche, que respiran y que sin verdor son como la carne sin sal.
No respondió. Se marchó dando un portazo.

                          Días antes de viajar, Flora dejó sus plantas a mi cuidado. Acepté con extrema prudencia, pero, hasta las decisiones tomadas con extrema prudencia pueden comprometer a las personas.
Me hice cargo del invernadero sin conocerlo. Al entrar en él, tuve la impresión de estar en el trópico.
Flora había dejado un cuaderno con indicaciones: riego, poda, horas de luz, uso de abonos, plaguicidas, etc, etc,  nada del otro mundo, y el número de su celular.
Terminadas las tareas, en los atardeceres, recostada en la hamaca paraguaya, saboreaba un rico té y disfrutaba de la serenidad del lugar, esa serenidad de la que hablaba Flora, cuando cansada de  experimentar con la botánica, destinaba el resto del tiempo a gozar la belleza de sus colecciones de  bonsáis, de cactus de México, de orquídeas del Tibet, clasificadas con sus nombres vulgares y sus correlativos en  latín o griego.
Todo fue serenidad hasta aquella tarde, cuando las hojas de una Darligtonia Gigantis, vulgarmente llamada Lirio Cobre, extendieron pelos gelatinosos sobre el Enebro de ciento y pico de años (según decía el cartel), y  a modo de pequeños pulpos, los pelos envolvieron  un colibrí.
Tratando de rescatar tan delicada criatura, los pelos gelatinosos se  enredaron con los de mi cabeza.
El olor  repugnante del Lirio Cobre, la sofocante humedad del ambiente, el sentirme prisionera  y la aparición de Filo, terminaron por  aturdirme.
Mil veces me he hecho la misma pregunta  -Si Filo no hubiera llegado, y yo hubiera  tenido tiempo de llamar a Flora desde el celular, lo otro habría ocurrido.
Filo surgió como por generación espontánea, husmeando, demorándose. Apretaba contra el cuerpo un frasco de vidrio oscuro. Al verme se detuvo azorado, golpeteó el frasco con los dedos, hizo un gesto como diciendo que no me moviera, abrió el frasco y volcó parte del contenido en mi cabeza.
-¡Qué ha pasado! – dijo. Y agregó- Por favor no hable.
Su presencia en lugar de darme alivio me alteró, preguntó que había pasado y no me dejó hablar. Aunque, sin Filo no hubiera podido desenredarme de la Lirio, pero, ¡arrojar bichos sobre mí cabeza, fue algo asqueroso!
- Filisberto  López, puede llamarme Filo.- se presentó y dijo algo que en ese momento no creí. Dijo, estar encargado de alimentar las plantas carnívoras.
- En el cuaderno, Flora no hace referencia a plantas carnívoras – dije.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
Se alzó de hombros como si tal cosa  y poniéndose de rodillas, en una suerte de ritual, recogió el frasco y  echó el resto de su contenido sobre  la Lirio
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La planta,  a modo de serpiente erguida, con una especie de lengua bífida le arrancó el frasco, lo tragó. Y supuestamente insatisfecha, se desquitó con Filo.
Él, no se esforzó por salir de la mise en scene. Sin desagrado se dejó rozar, mejor dicho “lambetear”. Sus mejillas se comprimían hacia arriba, la nariz se torcía, el maxilar inferior se ladeaba. Transfigurado y todo,  sonreía, con sonrisa obscena, un tanto feroz, como un actor de los llamados malditos.
Sin dirección ni referencia me desmayé. Cuando volví en mí, estaba embotada.
- Filo – llamé.
Nadie  respondió. Busqué mi celular, no lo hallé.
A pesar del embotamiento, que no fue breve, hice  conjeturas.
  • Yo tuve la culpa…no, la culpa fue suya...debió pensar en las consecuencias... yo no sabía  de las plantas carnívoras, él sí sabía.
           Lo imaginaba descabezado, prendido a la planta por los talones, deshecho.
          Cerca de mí, había una pala o una azada, no recuerdo con exactitud, la alcancé  a manotazos e intenté con ella abrir la boca de la serpiente vegetal. Después de un quejido corto,  la planta eructó restos de alas, de patas, de antenas y un líquido espeso que me dejó casi ciega.
Escapé del invernadero en cuatro patas, a tientas llegué al garaje, encontré fósforos y una damajuana, olía a nafta, la cargué, pesaba.
La  noche parecía caer  como un presagio, el resto vino por añadidura.
En la puerta del invernadero; volví la cabeza a un crujido como  de pisadas,  supongo que imaginarias, porque no vi a nadie. Trastabillé y al  perder el equilibrio, la  damajuana cayó de mis manos.
No me extenderé en detalles, encendí un fósforo, téngaseme consideración, no veía nada.
Sí, señor, la nafta se prendió, las  llamas alcanzaron las ventanas, los cristales estallaron, se derrumbó parte de una de  las paredes y del techo.
Después me enteré que el cuidador de la quinta El Remanso, vecina al invernadero, oyó la explosión y llamó a la comisaría. Y al ver el incendio avisó a los bomberos.
No había suficiente agua o faltaba presión, o todo era lo mismo, de modo que tardaron en apagar el fuego.  ¡Salía un tufo a sustancia ácida,  a podredumbre!
En medio de la catástrofe, fue increíble, Fito apareció en una ambulancia. Había ido en  busca de ayuda cuando me desmayé. En la misma ambulancia llevaron al cuidador de El Remanso con principio de asfixia.
Flora regresó al mes siguiente. No creyó nada de cuanto le conté, me recriminó no habérselo hecho saber inmediatamente. –¿No tenías celular, acaso?- dijo.                
           
                 Por ahora el lugar ha quedado con una sombría belleza de bosque nebuloso. Los desprendimientos ocasionales, absolutamente impredecibles, lo vuelven continuamente distinto.

 No deja de tener su encanto.

martes, 28 de julio de 2015

TERCERA MENCION - MARIA ROSA RZEPKA - DEL SUR AL SUR

Del sur al sur

Comienzos del siglo XX.  En el sur de Italia la tierra se sacude.  El Vesubio vigila desde su cráter, ávido de sembrar el desconcierto.
Los pueblos diseminados aquí y allá intentan encerrarse en sus callejuelas, tratando de protegerse de los terremotos, de que lo poco que hay alcance para alimentar las bocas ese día y la noche permita un sueño reparador que aleje por unas horas las preocupaciones, las carencias.
Giovanni perdió a su esposa cuando el parto de su décimo hijo.  Tendrá que afrontar la situación como sea, los siete hermanos solo cuentan con su padre. Los otros tres acompa ñarán desde algún lugar a la madre que con treinta y tres años es una más de las cruces blancas del pequeño camposanto, no muy alejado del pueblo.
Giovanni por fortuna, tiene un empleo con sueldo oficial, es quien se ocupa del faro que desde la bahía proyecta sus haces de luz guiando a los pescadores y sus redes, marcando la distancia hacia las costas. Acercando la tibieza de la tierra firme hasta esas barcazas donde el esfuerzo, el coraje y las olas son los protagonistas de cada salida al mar en busca del sustento.
Desde el faro, Giovanni cumple rutinaria y eficazmente la tarea. Que todo esté presto y en orden. Siente orgullo por su trabajo, aun en medio de la soledad.
Poco a poco la vida se va encaminando. Los muchachos crecen, los destinos se dibujan en el mapa que cada uno trae diseñado.                                                                                                Giovanni no afloja, sabe de sus responsabilidades. Sueña con un futuro mejor aunque la situación de la Europa de ese entonces está pintada con grises, los grises de la pobreza.            Y el olor de la guerra que se avecina.
Uno de sus hermanos que se enrolara en el ejército, había cumplido con el servicio militar por tres períodos, de esta manera cumplía con la patria por él y por dos de sus hermanos menores, pasando seis años de su juventud bajo bandera. Es el primero que se anima a cruzar "il longo mare". América promete. Por algún designio es Buenos Aires, en la dis- tante Argentina quien lo recibe. Consigue un empleo como tantos otros que llegan a estas tierras en ese entonces. Barcos a vapor traen en sus enormes panzas corazones esperanza- dos que llegan como mariposas en primavera. Muchos deberán esperar en el Hotel de los Inmigrantes a que les asignen un lugar para quedarse, otros más afortunados llegan con la dirección de un pariente o paisano que los recibirá.
Uno a uno van zarpando desde el fondo de la bota italiana los hijos de Giovanni, alentados por él, empujados en busca de un futuro de duro trabajo y bienestar en la América. Allá estará su tío para recibirlos.
Con cada partida, Giovanni desde el muelle abandona su disfraz de hombre fuerte y deci- dido que alienta a sus pichones para que alcen vuelo. Cuando el vapor es solo una sombra en el horizonte, rompe a llorar por esa nueva copa vacía.
Pero si Dios así lo quiso, así debe ser.
Llega el momento en que su única compañía es la menor de las hijas, Catalina. Entonces toma la decisión,  difícil, pero convencido a la vez de que no quiere terminar su vida con una jubilación de guardafaros, si es que alguna vez lo consigue. Se embarca el también rumbo a la Argentina con su hija Catalina, ya adolescente. Su compañera y a la vez su preo cupación. Una muchacha no puede andar sola, menos en un mundo en guerra.
La América no resulta ser la panacea capaz de ocultar los sufrimientos, pero ofrece bienes- tar a quienes consideran al trabajo la llave de las oportunidades.
Se establecen en una casa chorizo, parecida en su planta a las viejas villas romanas, pero sin la suntuosidad de aquellas. Varias habitaciones independientes entre sí dan a un patio inte- rior, por lo general no solo se comparte el baño, sino también la cocina.
Giovanni no abandona su espíritu de guardafaros, esa casa ubicada en el barrio de Flores, recibe y cobija a tantos tanos que van llegando a este rincón del sur.                                           Así es como un día como cualquier otro, David, un muchacho cansado de soportar el autoritarismo de un padre que lleva el hogar con extrema rigidez, y la enfermedad de un hermano del que debe hacerse cargo a sol y a sombra,  con la rebeldía propia de la juven- tud, abandona esos campos en que los olivares no eran solo la fuente de subsistencia sino parte de la pesada carga impuesta por el padre y llega a la casa del barrio de Flores, la casa de Giovanni. El también viene del sur de Italia.
Pronto David aprende el oficio de zapatero, se enamora de la música clásica y también de  Catalina. La mujer que necesitaba para completar su historia.
Se casaron como era entonces, sencillamente, prolijamente, y comenzaron a soñar de a dos hasta que llegó Francisco, el primer hijo. El patio entonces cambió de colores.
Giovanni lo disfrutaba desde su madurez, desde su calma, desde su tranquilidad por la labor cumplida. Y desde sus miedos porque nada malo le ocurriera. El que sabía de tragedias, ahora estaba pendiente de cualquier llanto o rezongo del nieto.

Dos meses antes de nacer Anita, Giovanni partió a reunirse con la otra Anita, aquella que no llegó a ser abuela. Aquella que con sus treinta y tres años, como Cristo, dejó plantadas sus semillas sin imaginar entonces que florecerían tan lejos de su aldea. Pero bajo el mismo sol y las mismas estrellas.

Cuarta Mencion .- FRANCA SCATURCHIO- EL REENCUENTRO

EL REENCUENTRO
Lorena está frente al espejo, se mira como si no fuese ella, busca en su imagen algo que le recuerde su pasada juventud.  Su examen es cruel; la  mirada se detiene en su rostro, casi sin arrugas. ¡Es cierto! Pero hay surcos profundos alrededor de su boca (marcas de expresión, dicen)…puede ser , ha reído mucho ,fue una muchacha feliz, pero también lloró y sus ojos, alguna vez grandes y brillantes, se han vuelto opacos. Su ovalo bien definido, ahora se ve desdibujado.
Baja la mirada hacia su cuerpo, y finalmente sonríe. Piensa en vos alta: “después de todo no estoy tan mal…con mis sesenta y…!” (Se rehúsa a decir su edad hasta a sí misma)
Ella enviudó joven, está sola. Su  compañía actual: la computadora. ¡Viva la tecnología! Aprendió a usarla para chatear con amigos, subir fotos y tantas cosas más.  Hace poco, entre los pedidos de amistad,…un nombre…Luis Perla, lo vuelve a leer con un sentimiento de estupor y alegría; Luis Perla… “¿Será él? Y sí, el apellido no es común” Ansiosa confirma la amistad, y ahí aparece el agradecimiento con la foto de un señor casi calvo, delgado…su imagen le es lejanamente familiar. Ha pasado tanto tiempo!   
Fue su primer novio, los dos estudiaban y trabajaban, pensaban casarse. Cuantas cosas útiles y no tanto, compraban para su futura casa. El noviazgo duró más de tres años…fueron felices…, hasta el día en que un malentendido los separó .Ella lo dejó  y debido a su terquedad,  la separación fue definitiva. (Lorena ahora ni siquiera se acuerda el motivo).
Él le escribe que está solo, quiere verla, ”¿Te acordas el café de la calle Corrientes donde nos encontrábamos y siempre tomábamos chocolate con churros? …¡vos siempre te manchabas con chocolate! ” “¡Sí, claro que me acuerdo! ¡Pero eras vos que mojabas el churro en el chocolate y salpicabas todo!¨
Chateaban a toda hora y quizás por pudor tardaron en proponer el encuentro, hasta que un día lo decidieron.
“¿Que me pongo? “ Se desespera Lorena, estudiando todavía su imagen en el espejo, se ríe nerviosa, “¿Que me pasa? Parezco una adolescente  a la primera cita…Que ridícula!  Me vestiré como siempre…Y no…por qué? Me pondré el pantalón negro que me afina la cintura, con la blusa floreada, la que me puse para los quince de Laura, todos decían que me quedaba muy bien y que era una hermosa abuela!-vaya!- y me pondré los zapatos de tacos altos…sí…hace mucho que no los uso, espero no caerme!” Corre a buscar los zapatos. “Ya me los pongo!” Sigue hablando (la costumbre de las personas solas que quieren escuchar sus pensamientos)  “Tengo que ensayar… ¿Ensayar la caminata?”…se ríe…” pero sí…enderezar la espalda y no doblar las rodillas -así.”   Lorena había olvidado lo agradable que es sentirse segura, erguida y elegante con un par de zapatos de tacos altos.
El viejo bar de la calle corriente no ha cambiado, Lorena siente como si entrase en el túnel del tiempo- es casi mágico- Él está sentado a la mesa ubicada al costado de la ventana, al verla se levanta, se reconocen, no por las fotos del muro, es instintivo saben que son ellos…”Hola”…”Hola”…
Se sientan, tomados de la mano, se miran a los ojos…se ven jóvenes…

El mozo se acerca, “Dos chocolates con churros”- piden al unísono. Se ríen con ganas…y después el silencio….”cuantos años han pasados” murmura Lorena…”Si más de cuarenta” confirma Luis y agrega “pero dime…  ¿Ayer, porque me dejaste?”

Quinta Mencion - castellano- MATILDE HAYDEE SILVA- LA FOTO

Tarde gris, lluviosa, me encuentro sola, siento nostalgia Alzo mi mirada y la dirijo hacia una foto blanco y negro, casi esfumada, ojada, la tomo, me tiembla el pulso, que veo, mis hermanos, yo y nuestra perrita “Cachila”; la giro al dorso de la misma casi borroneada se lee OTOÑO 1960 fondo de la casa de abuela Magdalena.
 Vuelvo a mirar la imagen y allí comenzaron mis recuerdos.
El hermoso fondo, los arboles, las flores, nuestra inocencia para inventar.
Huí el carrito con rulemanes mis hermanos tirando de él y yo sentada feliz riendo. En una hermosa tarde de otoño, las hojas caían en el piso, hermosa alfombra crujiente, saltábamos sobre ellas y hacían un ruido hermoso que hasta el dia de hoy lo siento en el otoño. ¡Que postal! En la medianera del lado de la izquierda el limonero, más adelante el níspero, siguiendo el recorrido las cañas. El nogal en la parte final, mi árbol preferido, como definirlo era en forma de Y griego, asomaba en una de sus ramas otra en forma horizontal.
Allí Juan nuestro hermano mayor no había colocado una hamaca que el mismo la realizo. ¡Cuánta diversión! Del lado derecho, estaba el gallinero. A mi mente se viene el gallo “Picho”, que malo era no nos dejaba arrimar al alambrado, muy elegante abría sus alas y nos cacareaba coro coco! Calas, hortensias, malvones siempre presente adornando el hermoso fondo de nuestra casa.
 No necesitábamos salir a la calle, allí teníamos todo junto, aire puro, juegos y nuestra imaginación para inventar cosas horas y horas. Realizábamos unos hermosos barriletes junto a mis hermanos. Después de un rato largo de haber dormido su siesta se escuchaba la voz de la abuela diciendo ¡Vengan a tomar la leche! En italiano I bambini vengono a prendere il latte. Y allí estaba ella con sus brazo en forma de jarrón y su típica vestimenta color negro ¡Hermosa abuela. Bella nonna! Siempre nos decía ¡Después se bañan así cuando viene la mama los encuentra limpitos! Más tarde ya bañaditos y merendados esperábamos sentado en el umbral de la cosas la llegada de mamá. ¡Ahí viene! gritaba Héctor y allí corríamos a su encuentro, la abrazábamos y nos disputábamos por ella ¿quien llevaba la cartera y las bolsas que traía? En esas bolsas había galletas, dulces y la infaltable revista “Anteojitos”, la cual leíamos 3 pancita para abajo y las piernas cruzadas.las aventuras de “PIPIO”, Anteojitos y antifaz. Que hermoso recuerdo. Parecen mentira todos los recuerdos que me trajo esa vieja foto sin color, blanca y negra, que conservo con tanto amor. Allí se refleja parte de mi infancia feliz. Hoy a mis 61 años tengo tan presente todo y cada vez que nos reunimos con Juan, Héctor, Norma, Esther, Alicia y Luis y yo recordamos con risa, si mucha risa las cosas que hacíamos

Primer Premio ANTONELLA RONZULLI - GOCCE

Gocce


Piove
su di me,
dentro me!

Piango
scivolano sul mio volto, lacrime
tracciano solchi profondi
di cuore e d’anima.

Cammino
sola in riva al mare
passi incerti
velo umido negli occhi.

Cado
voglio cadere
abbracciatemi onde
mie lacrime … gocce di mare.

Piove
ma io non piango più!

Segundo Premio Poesia Italiano - TERESITA BOVIO DUSSIN - SOGNI RUBATI

        SOGNI RUBATI
 
Conniventi malvagi iniziano litigi
non importa dove, in questo pianeta,
se Latinoamérica, Africa o Corea...
 
Un bimbo nudo e scalzo
vaga fra le rovine che ha lasciato la guerra.
Cerca i suoi genitori,
la sua casa
e la sua bicicletta?
 
Dolori di assenze macchiano i suoi occhi.
Porta in mano una mitragliatrice.
Ornano la sua schiena due ali de seta.
Sogna... di volare col vento, di essere un aquilone,
di arrivare in cielo... sua madre lo aspetta.
 
I bambini non sanno di odio né di guerre...
Perdono le loro radici, perdono l'innocenza,
errano senza mete nelle asciute terre...