miércoles, 29 de julio de 2015

PRIMER PREMIO - MARIELA DE GREGORIO - CONFESION

       CONFESIÓN

Disculpe Padre que no sea día de confesión, pero mi culpa es tan grande que me he tomado el atrevimiento de venir a verlo sin previo aviso.

Sé que es una obviedad, pero Padre he pecado. Y no una vez, o dos, o quizás tres, he pecado siete veces en una noche.

Antes de pasar a mi relato, necesito que usted sepa que he sido siempre un hombre de bien. Buen hijo, buen hermano, buen amigo y, por sobre todas las cosas, un buen “hijo de Dios”. Sí, como lo oyó. Yo era un buen hijo de Dios. Hasta ese día Padre. Hasta ese día…

Era una mañana de domingo, y como todas las mañanas de domingo, mi familia y yo concurríamos a la iglesia del pueblo. Transcurría la ceremonia normalmente, sin nada que alterara el orden de los sucesos. Hasta ese momento en que ella apareció. No era una mujer cualquiera. Era diferente.

Altiva, bella e inteligente, derrochaba sensualidad al caminar. Su mirada era tan penetrante que podía ser capaz de atravesar con sus ojos la mismísima muralla China de punta a punta, ida y vuelta y sin escala. Esa era Inés. Esa era “mi” Inés.

Inés y yo comenzamos una relación a los pocos días de aquella mañana otoñal. Fue todo muy rápido. Con ella nada sucedía lentamente.

Pero una noche pasó algo que cambiaría para siempre nuestra historia. Fui a su casa. Ella vivía sola. Recuerdo que llevé un buen vino tinto y me esperó con manjares afrodisíacos, como le gustaba llamarlos. Comimos y nos embriagamos hasta el cansancio. Seguido a eso, no se pudo esperar otra cosa que lo previsible. Nos sumergimos en un océano de pasión descontrolada y lo hicimos una y otra vez hasta el hartazgo. Ya cansados nos fundimos en un sillón y no quisimos levantarnos, ni para limpiar los desechos que habían quedado esparcidos por toda la habitación.

Es ahí cuando le confesé mi deseo más profundo de conquistar los placeres materiales que logran tener los hombres poderosos, esos que tanto odiaban los devotos de la iglesia a la que yo asistía. Le enumeré las millones de razones por las cuales yo estaba capacitado para lograr tales sueños mundanos. Me sentí importante ante mi adorada mujer. Me sentí el mejor. Pero ella también me habló de esos anhelos Padre…

Me desarrolló sus grandes cualidades para conseguir todo aquello. Y sabía que era mejor que yo. Mucho más. Siempre lo había sabido. Eso me carcomía la mente y el espíritu.

Pero en un instante, porque fue solo eso Padre, tan solo un instante, sentí sonar su teléfono y la vi correr a la otra habitación para atenderlo. Sin que ella lo notara escuché como le decía a él, porque nunca supe ni sabré su nombre, lo mucho que lo extrañaba, como necesitaba tenerlo otra vez en su vida y que ya no soportaba estar al lado de un fracasado como yo. Me sentí morir. El corazón se me detuvo, pero la mente fue veloz y sin pensarlo, como una fiera desbocada, tomé un cuchillo de los que habíamos usado en aquella cena y como un demonio furioso, clavé ese látigo de metal en su corazón. La sangre se desprendía a borbotones de su cuerpo. La había matado Padre ¡Dios mío! ¡No puedo concebir que la maté!

Es por eso Padre que le decía que había pecado siete veces en una noche. Siete pecados y capitales todos ellos…

- ¿Qué sucede Padre? ¿A quién está llamando? Se supone que en el confesionario estaríamos sólo Usted y yo.
- Enfermera lleve al paciente a la habitación. Todavía no ha elaborado la situación de haber dejado los votos por una mujer que lo traicionó. Evidentemente no ha respondido a la medicación. Refuércela esta noche. Trate de que pueda descansar y mañana tráigalo nuevamente al mediodía. Veremos si con el aumento de la dosis podemos tener mejores resultados. Vaya, llévelo por favor.
- ¿Padre quién es ésta mujer? ¿A dónde me lleva? Por favor Padre, tan solo dígame que Dios me ha perdonado.

- Descanse Sr. Luggini, descanse. Mañana hablaremos nuevamente y, quédese tranquilo… Dios me ha dicho que lo ha perdonado.

SEGUNDO PREMIO - EDITH FEDORA SOTO -MUJER AL FIN

Mujer al fin

Al llegar a los 55 años, Isolina vivía una existencia solitaria, en una sencilla casita de los suburbios de Buenos Aires. Su cuerpo voluminoso, de anchas espaldas y brazos musculosos delataban su infancia sometida a los esfuerzos de las tareas rurales, que el destino le había deparado. Única hija mujer y la menor de  una familia con doce hijos, no alcanzó a recibir mimos ni atenciones especiales. Ni bien pudo caminar sola ya empezó a correr por el campo mezclándose con la peonada y los trabajadores “golondrina”. Montar cualquier potro bravo fue para ella natural. Fuerte y llena de energía, nunca le hizo asco al manejo del tractor o los camiones.
         Habiendo perdido a su madre a los ocho años, ni siquiera un resabio de coquetería se había desarrollado en su personalidad, sin dejar por eso de ser una mujer prolija y hacendosa. Infatigable, desde muy joven no sólo trabajaba codo a codo con los hombres de la casa, sino que se multiplicaba para cumplir con las elementales tareas femeninas que con naturalidad había asumido. Nadie podía decir que era una experta cocinera, pero ninguno dejaba restos de comida en el plato cuando preparaba sus caudalosos guisos para la familia y la peonada. Con el paso del tiempo los hermanos mayores fueron armando sus propias vidas y dejaron el campo paterno.
         Después de varios años donde la mala racha en las cosechas, pariciones y la enfermedad del padre obligó a la familia a vender sus tierras e instalarse en la gran ciudad. El padecimiento del anciano fue largo y doloroso. Pero fiel a su manera de ser, ella luchó denodadamente, primero para intentar su cura y finalmente, para asistirlo en  sus dolores y limitaciones.
         Dura como un roble nadie le oyó ninguna queja. Parecía que las dificultades hacían aumentar su voluntad y capacidad de trabajo.
        Cuando el padre falleció le sobró decisión para disponer todas las cosas del velorio y del entierro. Aparentemente inconmovible y con gesto adusto cargó con algunos de sus hermanos el féretro hasta su tumba.  
         Así, sola y con un rictus amargo en su boca, desde entonces se dedicó a manejar estrictamente sus pequeños ingresos provenientes del alquiler de una chacra que inesperadamente había heredado de su padrino. Austera como pocas, solo cruzaba unas pocas palabras con alguna que otra vecina. Sólo de tanto en tanto recibía la visita de alguno de los hermanos o cuñadas. Y era excepcional la llegada de algún sobrino, que por cierto, eran muchos.
         Aquella vida parecía ser la que el destino había determinado para ella, hasta la mañana de aquel domingo de Julio, cuando al regresar de su habitual visita al cementerio divisó un pequeño bulto en el jardín. Furiosa avanzó decidida a sacar de entre las plantas aquello que rompía el orden y la armonía del lugar. Pero cuando estuvo cerca, algo la paralizó…  Fue al comprobar que el bulto aquel tenía movimiento propio...
         Para colmo cuando, haciendo gala de su coraje habitual, pudo aproximarse aún más, oyó un ruido extraño. Movió enérgicamente la cabeza con signo de desaprobación recordando que en varias oportunidades alguien había dejado algún gato y en una ocasión hasta un gracioso cachorro pequinés. Pero, pronto comprendió que estaba oyendo el gemido de un bebé. Se precipitó sobre el envoltorio y entre mantillas muy finas apareció la diminuta humanidad de una beba. Supo que era una niña porque llevaba puesto unos  aritos de perla… La alzó con tanta brusquedad que la criatura comenzó a llorar desesperadamente… Se veía tan pequeña entre sus manazas descomunales… Quiso calmarla y recién entonces cayó en la cuenta de que jamás había acunado a ninguna criatura. Aunque fuese duro de admitir, nunca había sentido el impulso  de tener entre sus brazos a ningún niño.
         Evidentemente se dijo, Dios no me ha dado el famoso instinto maternal. En su afán por calmarla, mientras la sostenía con un brazo intentó acariciar a la niña. La sorprendió la suavidad y la tersura de la piel… La alarmó sentir tan frías las manitos que se agitaban al aire. Atropelladamente ingresó en la casa… Y por primera vez en su vida no supo que hacer… No sabía por qué lloraba la pequeña. Tampoco como alimentarla ni cambiarla (además no tenía con qué).
       Mientras cruzaba con grandes zancadas, en un ida y vuelta por la cocina de su casa zamarreando involuntariamente a la criatura, se debatía entre la duda de recurrir primero a la Comisaría o al Hospital… Porque esta vez, debía reconocerlo, necesitaba ayuda…
       Con una inusitada delicadeza depositó a la niña en la camilla frente a la pediatra que la recibió en la guardia, y la miraba desconcertada ante su silencio obstinado. .. Le costó mucho  articular un relato entendible… Ni bien lo terminó se vio rodeada de gente y de preguntas... y quizás por primera vez, también, sintió miedo y desorientación.
       Sentada ante una humeante taza de café escuchó atentamente  a  la Jueza de menores y a la Asistente Social… Por un momento sintió que la invadía un profundo cansancio…  Un cansancio que superaba  a todo lo hecho y vivido ese día…
       Al final sin saber como ni por qué, aceptó hacer uso del derecho que la ley le otorgaba de quedarse con la chiquita en guarda hasta que se averiguaran datos de su origen… Le pidieron que eligiera un nombre… Y se oyó  a sí misma diciendo  “Lila”… Y sonrió, porque ese había sido el nombre de su madre.

        Con la mullida carga en sus brazos enfiló hacia su casa…. Una ternura inusitada brotó de su alma. Cuando atravesó el jardín, el sol de la media tarde la envolvió dándole abrigo a su figura. Suspiró… Y después de ese suspiro sintió un calorcito suave que desde sus brazos llegaba a su corazón…

TERCER PREMIO - LILIANA NOEMI BARDESSONO - FASCINACION

Después de la cena de rutina, la azafata nos instó a dormir. Se apagaron las luces y cesaron los murmullos. Cerré los ojos aunque no tenía sueño. Empecé a recordar, con una sonrisa, la imprevista y alocada compra de esa tarde. Antes de dejar China, pedí un remís para visitar la feria. Era lo único del lugar que no conocía. El chofer anduvo más cuarenta minutos por laberínticas callejuelas hasta dejarme, previo aviso que ahí me esperaba en dos horas, entre un gentío donde las cabezas parecían moverse como ganado perdido. Los pequeños comercios, abarrotados de mercadería, se sucedían hasta el infinito. Caminé zigzagueando. No buscaba nada en particular, ya había comprado hasta los suvenires y no me quedaba mucho dinero. Objetos nuevos y otros que parecían gastados o viejos por el manoseo colgaban de ganchos o alternaban desprolijos unos encima de otros como en un sueño. Miraba todo sin ver nada en particular; esa abundancia excesiva de artículos junto al griterío intolerante me mareaba.
Al frente de uno de los puestos, sentado sobre un par de cojines, un chino casi harapiento me hacía señas con su mano para que me acercara. Su mirada insistente y sus pequeños ojos me hechizaron de tal manera, que en ese momento, perdí la libertad de acción y de palabra. Caminé hacia él como en un trance. Cuando llegué, estiró su arrugado brazo para sostener el mío. Me traspasó una corriente eléctrica y quedé inmóvil, sin voluntad para gritar ni correr. Con la otra mano movió una cortina deslucida que colgaba de un alambre, y le hizo señas a una mujer tan vieja y desdentada como él para que se fuera de ahí. Discutieron en voz alta hasta que de mala gana abandonó el lugar. En otro momento me hubiera resultado cómica la situación, si no fuese porque sus palabras, donde predominaban las letras i, o, y ñ, sonaban penetrantes y agudas en mi cabeza aturdida. Un silencio absoluto cayó como telón de fondo en la trastienda. Soltó mi brazo. Buscó debajo de unos trapos polvorientos y rescató una bolsa oscura. La abrió, y como quién descubre un tesoro, levantó de ella un cuadro.
Un marco austero y macizo servía para encuadrar el lienzo, pero sería difícil poner en palabras la impresión que me provocó esa tela pintada. No fue su simpleza lo que me atrajo, sino la idea de estar en ese lugar. No supe si era mi estado de turbación, pero el cuadro parecía llamarme. Volví a la realidad cuando escuché, entre ecos, que me decía: “Él la estaba esperando a usted. Tome, suyo”. No traigo más que estos billetes de poco valor, le dije. “No importa, suyo”, y esta vez se oyó más como si fuese una orden. Tomó mi dinero y antes de entregármelo me dijo: “Experiencia única. Solo recomiendo dos cosas importantes: taparlo con la tela y solo destaparlo cuando necesite paz, y no dejar ver a nadie”.
Después de tantas horas de vuelo, volver a mi casa era lo único que anhelaba. Acomodé algunas cosas pero el cansancio hizo que me quedara dormida con la ropa puesta, sobre la cama.
El domingo, ya repuesta, desayuné. Más tarde haría las compras pues no había nada en la heladera. Solo quedaba sacar el cuadro del fondo de la valija. Su bolsa de arpillera era más suave que la seda y negra como el alquitrán. Tal vez fue mi imaginación, pero una fuerza magnética me llevó a colgarlo en la pared que estaba entre la biblioteca y la ventana, frente al sillón de lectura. Como no tenía ganas de salir, elegí un libro y me dispuse a leerlo. Mis ojos no avanzaban sobre las palabras. Querían, empecinadamente, posarse en el cuadro.
Por primera vez pude observar con detenimiento la extensa y despoblada playa, las dos palmeras que sostenían una cama de soga tejida, y la mujer recostada en ella, con su brazo extendido y en su mano una fruta. A lo lejos, sobre un costado, se veía la mitad de un pequeño bote con un remo fuera de borda. El sol caía a pleno y en el horizonte se divisaban nubes esponjosas y perladas.
Después de mi ineludible y ajetreado viaje a China por cuestiones de trabajo, quise desesperadamente ser esa mujer, estar en ese pacífico lugar, saborear esa fruta. Mis ojos y el resto de mis músculos no respondían a otra cosa que no fuese mirar la pintura. Poco a poco iba adueñándose de mi mente, absorbiendo mi cuerpo. Cerré los párpados y sentí el calor del sol que se filtraba a través de las hojas de palmera. Un suave vaivén me mecía, y escuchaba el golpeteo de las pequeñas olas que iban a morir a la arena una y otra vez. Mordí ese exótico y jugoso fruto hasta no dejar nada. Sin saber cómo apareció otro en mi mano que también comí, y luego otro y otro...
Cuando desperté, las sombras de la noche cubrían todo a mi alrededor. Al levantarme del sillón un extraño mareo hizo que me aferrara a él para no caerme. Traté de equilibrar cuerpo y mente. La sensación de bienestar y paz que experimenté fue única. No tenía hambre, era como si de verdad hubiera comido hasta saciarme. Tapé el cuadro y me acosté. Mi sueño fue profundo como el de un niño.
La rutina vertiginosa del trabajo me sacó, como de costumbre, toda la energía; aunque mis pensamientos recurrentes sobre esa pintura me llenaban de placer. Al volver a casa reparé en que no había comprado los comestibles. Estaba a punto de salir, cuando oí repetidas veces mi nombre. Revisé la casa, no había nadie. Recordé que en China, el cuadro parecía llamarme. Fui hacia él como una autómata, le saqué la bolsa que lo cubría y me senté en el sillón.  No pude evitar la extraña fascinación que ejercía sobre mí. En una alucinante comunión, fuimos otra vez uno. Nuevamente sentí el calor sobre mi piel y experimenté durante toda esa semana, las mismas sensaciones. Decidí no hacerle caso al chino y no taparlo más.
Cuando regresé del trabajo al día siguiente y me senté frente a él, el sol ya no estaba en el cénit, se encontraba sobre el mar. La marea había subido y las olas, encrestadas, rompían con fuerza. Algunas aves surcaban el cielo, y en el horizonte, un frente de nubes grises avanzaba. El viento movía mi cama. Me llevé la mano a la boca, quería morder la misma deliciosa fruta, pero esta vez lo que sostenía era una copa. Bebí hasta cansarme, el cóctel más exquisito que haya probado. Ese era mi paraíso, mi lugar en la tierra o en el cielo. Era perfecto. Esa noche me fui a dormir ebria, pero feliz.
Otro día más con mi enloquecedora rutina: escritos, balances, corridas a los bancos, cuentas que no cierran, nervios. No veía la hora de terminar, quería irme a casa, a mi rincón de paz y dejarme tragar por la pintura. Al abrir la puerta de casa, escuché que me llamaba desesperado. Corrí a su encuentro. Antes de sentarme a contemplarlo, ya estaba dentro de él. No sentí el calor del sol y mi mano no sostenía nada. Pero mi dedo índice se movía como llamando a alguien. Cuando él se acercó y pude verle la cara, no supe qué decir. Había vuelto de la muerte el hombre de mi vida. Nuestros ojos hablaban de amor, de deseo. Me tomó la mano y caminamos hasta el bote. Subimos. Mientras él remaba, sus fuertes músculos sudaban un perfume dulzón. “Desde hace tiempo te estoy esperando, amada mía”, dijo con una voz que no recordaba si era la suya. El sol caía sobre un horizonte de nubarrones negros. El viento movía hasta los troncos de las palmeras, y las altas olas rompían con furia sobre la playa. Una bandada de aves, con sus chirridos histéricos, escapaba de la tempestad. No tenía miedo porque estaba con él. Ya no se divisaba la costa. Los relámpagos iluminaban el embravecido mar. Siguió remando hasta que una gran ola dio vuelta nuestro bote. Me agarré con fuerza de su quilla, otra ola hizo que lo soltara y me empujó hacia abajo. No podía inspirar, aun así, manoteaba el agua tratando de alcanzar una superficie que se veía cada vez más lejana. Supe que era mi fin. Él me tomó de la mano y juntos empezamos el descenso hacia el fondo del abismo...
Desperté dos días después. Por suerte mi vecina, que tiene un juego de llaves de mi casa, escuchó ruidos y entró. Mi vida se extinguía sentada en el sillón frente al cuadro. Me llevaron al hospital. Más tarde me informaron que tuve un paro respiratorio. Lo extraño fue que encontraron restos de agua de mar en mis pulmones.
Guardé el cuadro en su bolsa y lo tiré en el primer contenedor que vi.

CUARTO PREMIO - RICARDO RAUL BIBLIERI - MI LUGAR EN EL MUNDO

Mi lugar en el mundo
Recorría velozmente ese fin de enero, la distancia que existía a un pueblo rural, enclavado en la llanura pampeana. Motivos especiales tenía para ello.
Treinta y cinco años atrás tendría que haberlo realizado en un camino de tierra, siguiendo las huellas en la inmensidad de campos vírgenes, bordeando cardos de casi dos metros de altura. - Pero ahora. - ¿Cómo ha pasado el tiempo?
Por suerte todos esos obstáculos quedaron atrás, la ruta asfáltica va siendo devorada por mi automóvil y en pocos minutos me hallaré en el lugar que tanto ansío ver, sobre todo al volver de esa larga noche que ensombreció al país y solo aquél que la ha sufrido todavía siente las esquirlas que anidaron en su psiquis.
Mi vivienda distaba dos kilómetros de la planta urbana, pero no alcanzo a  divisarla.
-¡No encuentro su ubicación! -¿Tanto puede haber cambiado el panorama? - Si solo estuve una treintena de años fuera del país, primero por tristes circunstancias y luego los nietos  que fueron la recompensa de Dios por llegar a viejo, los que retuvieron mis deseos de repatriarme.
Allá en la vieja España, desde donde regreso  existen poblaciones de cuatro o más centurias de construcciones indelebles, como recién hechas y acá me cuesta encontrar la vieja casa donde transcurrió mi niñez.
En la lejanía observo el ombú en cuyas ramas jugaba cuando pequeño emulando las aventuras de Tarzán, que en esa época escuchaba por radio.
-¡Ya estoy  junto a él, pero todo está tan cambiado! -¡Parece irreal!...
-¡O seré yo que he perdido el rumbo!
Al rodear su grueso tronco de casi tres metros de diámetro del centinela de la pampa, se agolpan los recuerdos en mi mente pugnando por salir  de un encierro que los martirizó duramente en esa noche negra de años de ausencia.
En esa especie de sopor voy situando aquello que fue y hoy solo la noble hierba imperecedera marca el mojón de una época especial para mí, donde  fluyen recuerdos de una época sin retorno pero que dejó huellas en mi psiquis.
En loca carrera desfilan por mi mente sensaciones que despiertan de un viejo letargo.
-¡A diez metros de él se hallaba el rancho  de adobe a dos aguas!, cuyas paredes siempre blancas pues la cal se encargaba de ocultar su humildad, nos daba abrigo en esas noches gélidas, ¡que digo gélidas!...,  ¡machazas de heladas!, donde nuestra respiración se congelaba en las chapas de cinc y de vez en cuando una gota caía sobre nuestro cuerpo, pero la conversación de los mayores o los juegos juveniles poco caso les hacían.  
En la cocina la larga mesa familiar donde nueve bocas devoraban a la hora de almorzar el suculento puchero y al anochecer el clásico guiso carrero.
-¿Qué se hizo todo aquello? - ¡Y las sobremesas!
-¡Esas interminables charlas rematadas por la rueda de mates donde cada cebador  o cebadora demostraba su pericia! – Según la manera de cebarlo tenía un significado; amor, desprecio, esperanzas…
Mensajes subliminales en la fantasía de aquella época, que eran por muchos bien tenidos en cuenta alentando esperanzas que quizás se diluirían con el tiempo pero mientras tanto nos transportaban a ese mundo irreal de ilusiones.
Historias de mayores sobre luces malas, aparecidos, la viuda, y otros tantos quizás magnificados por nuestra infantil inocencia en una mezcla de curiosidad y pavor.
Los recuerdos se agolpan en mi memoria y la magnitud de ellos me sumen en un estado de sopor que pierdo la sensación del tiempo.


-¿Qué anda haciendo mi amigo? - ¿Está buscando algo? Oigo decir a mis espaldas, con tono enérgico, mientras voy girando lentamente mi torso.
Un criollo montado en un brioso animal me estaba observando mientras ensimismado en mis pensamientos no me había percatado de su presencia.
-¡Sabe señor!- Disculpe. Yo viví acá hace  más de treinta años; estuve radicado en el exterior y eran tantos mis deseos de reencontrarme con el pasado que aquí me tiene, pero…
¿Qué ha pasado que no hallo rastros de la casa, el galpón, el jagüel?
Se acaricia la profusa barba, su vista se pierde en donde termina la pampa y comienza el cielo. Carraspeando por un imaginario nudo en la garganta, producto de gratas épocas lejanas me dice.
-¡Vea amigo! - ¡El jagüel! Un rictus de desencanto se dibuja entre las arrugas disimuladas por su descuidada barba, que la surcaban profusamente, lo mismo que en su morena frente.
Acá compraron los gringos del norte, -¿vio?, aparecieron con esas topadoras tiraron todito endentro de él, le echaron endespués un metro de tierra arriba, lo emparejaron bien y lo sembraron con soja. Solo se salvó el ombú porque le daba sombra a la hacienda que alguna vez supo pastar en el verano y unos ceibales en la costa del arroyo porque a las gringas de sus señoras les gustaba verlos en primavera florecidos!
Yo hace años que vivo en la zona y créame que me cuesta acostumbrarme a este cambio.
-¡Sin embargo no me va a negar que el lugar conserva sus encantos, usted puede ver asomar el sol, oír el canto de los pájaros, respirar esa sensación de paz reinante! - Le comento como para entrar en confianza.
¡Podrá ser como usted dice, pero talvez nosotros no nos hendemos cuenta ya que hace tanto que vivimos aquí que  nos acostumbramos! - sabe mi amigo…
-¡Mire nomás don, a veces es lindo recordar, pero también  cuando la vida le ha pegado tantos “guachazos”(1) es bravo.  -¡Dígamelo a mí!- Y le comento mis cuitas.  
Se marchó más tranquilo ante mis respuestas ya que tenía órdenes de sus patrones de no permitir el acceso de extraños al lugar.
En mi mente pasan a velocidad imágenes borrosas de un pasado.
El camino diario a la escuela. Alicia, mi primera maestra, (que varón no se enamoró de su primer maestra), las sandías del vecino que le sacábamos de su huerto a la hora de la siesta, con los amigos compañeros de sanas aventuras de jóvenes.
Mi marcha a la ciudad, los tropiezos en el secundario, la llegada a la Facultad, ideales, falcones verdes, corridas, miedo, exilio…
País extraño, gestos adustos, hambre, reencuentro  con alguien portador de noticias, desangrándose entre hermanos, angustia, tristeza. -¡Volver! -¡Alegría!
Ezeiza, cielo diáfano,  paz, chimeneas humeantes, gente con ansias de progreso, florece el amor, hijos para la patria…llanura bonaerense, aire puro…
En las malas y pocas buenas, pude ver la denigración por la riqueza, la bajeza humana, el amor en la pureza de los sentimiento, la ternura de una madre africana, alimentando con sus flácidos pechos a quien quizás en el futuro será un paria, mientras a algunos centenares de kilómetros, otros semejantes dormían en un lecho de rosas, amortiguado por un colchón de petróleo, mientras sus esclavos velaban por su seguridad.
Regreso mentalmente a la actualidad y razono. Estoy  buscando un lugar para vivir…
-¿Mi lugar en el mundo? -¡Esta acá, en este bendito país! - En este lugar…donde el crisol de razas le dio una impronta a sus hijos que con consensos y disensos generaron una patria grande con ambición de futuro que entre todos lo forjaremos. - ¡ De aquí no me muevo!
                                                                                                                         Fe          

PRIMERA MENCION - MARIA ESTHER LOPEZ ESCOBAR - BALADA PARA TERESA

Balada para Teresa

Teresa trajina en la cocina preparando la cena del marido. De a ratos, se asoma a la salita y le da una mirada al televisor, que siempre está prendido a la hora del noticiero. No se sienta a verlo; pero si escucha algo que le interesa, detiene sus quehaceres  y secándose las manos en el paño que cuelga de su cintura, va a mirar.
Mientras prepara su ensalada favorita, escucha algo que frena  su mano, dejándola con la cuchara en el aire.
La voz del locutor, risueña, dice: -Nos visita nuevamente, el último de los Beatles, Paul Mc Cartney, que se presentará en nuestro estadio. Mac Cartney… Los Beatles…
Fue como un fogonazo. Siente el calor subiendo por su cuello y  sus mejillas. Sus labios se abren en un “¡Ah¡”, entre sorprendido y emocionado.
-¡Cómo me gustaría ir a escucharlo!
Recuerda la primera vez que vio un recital de los cuatro melenudos. Fue en un televisor blanco y negro, sólo habían llegado a Buenos Aires).
-¡Hace tanto tiempo…! –
Tenía dieciocho años, frescos y esperanzados en un despertar del mundo. La Primavera de Praga…La guerra de Vietnam… Pasaban muchas cosas, y Los Beatles cantaban sus canciones de amor y paz.
Nunca pudo aprender bien el inglés, pero aquellas canciones pegadizas eran repetidas por todos en sus encuentros de estudiantes.
-Me gustaría ir a verlo-…Sí ¡Voy a ir!
Se siente excitada, liviana. Decidida, abandona la cocina.
Busca y rebusca en una caja muy vieja donde  guarda fetiches de su juventud.
-¡ Aquí está¡- un disco de pasta, 33 revoluciones, comprado con sus ahorros de liceal… Está  Yesterday, su tema favorito.
Aprieta el disco contra su pecho y cierra los ojos. Su corazón bailotea en el recuerdo: los hermanos, la casa paterna, los sábados de baile… ¡Todo era tan simple.¡
Después apareció Yoko, el grupo se deshizo.
Su vida cambió… la facultad, el trabajo, el amor… Cuando mataron a Lennon se le arrugó el alma un poco más.
Ahora la visita de MacCartney le trae esta emoción nueva, esta necesidad de encontrar sus recuerdos, tal vez sus sueños olvidados.
La puerta de calle se abre; Martín, su marido, se queda parado, mirándola con extrañeza:
-¿Qué hacés con esas cajas volcadas en el piso? ¿Perdiste un anillo?
-Hola Martín, estaba buscando un disco de Los Beatles. Lo compré en 1968.
-¡Ah, sí! Viene Mc Cartney al estadio. A su edad, no debe entonar ni el Arroz con leche.
Ella en un susurro, le dice: -Me gustaría ir a verlo.
Su marido la mira divertido, la besa leve en la mejilla.
-¿Cenamos?- Pregunta.
Teresa suspira profundo, guarda la caja, pero trae el disco y lo apoya sobre una repisa. Después se sienta a cenar junto a él. Sus ojos brillan y tararea distraída algo que Martín no logra entender.
Al acostarse, apaga la luz y sonríe -Dentro de quince días- murmura; y se duerme.
Toda la semana, Teresa está en vilo. Llama por teléfono a una agencia, hace cuentas, averigua el costo del dólar todos los días. Decide no comprarse las botas de cuero; un par de championes abrigan igual y cuestan mucho menos ¿Chaqueta nueva? No, mando a la tintorería la de hace cuatro años, queda impecable; me da para la mitad de la entrada, el resto lo pago en dos cuotas, así no le pido plata a Martín.
Su marido asiste indiferente a los preparativos, la mira por encima de los lentes. Ella sale temprano a comprar la entrada.
-¿Con quién vas a ir?- Pregunta.
-Sola. El ómnibus me deja en la puerta. Voy  bien temprano para no hacer la cola. Al regreso vuelvo en un taxi, no te preocupes.
¡Por fin! ¡Llegó el gran día! La televisión trasmite noticias desde temprano dando detalles sobre las actividades de Paul en Montevideo: que salió del hotel, que llegó al estadio, que está probando el sonido, que solicita fruta fresca… Siguen cada  paso que da.
Teresa se prepara: una blusa verde con mangas sueltas, bordada con motivos hindúes, un vaquero negro, algo gastado,  ancho en los bajos, championes lustrosos, acordonados; todo  comprado de segunda mano para la ocasión.
El pelo negro, siempre peinado en una sola trenza, hoy  cae por su espalda, enrulado, mostrando algunas canas, y un mechón plateado sobre la sien izquierda. Pulseras de madera en sus muñecas. Se cuelga un pequeño bolso en bandolera y sale decidida a encontrarse con sus recuerdos.
El estadio está repleto, miles de personas gritan, sacuden pañuelos de colores y banderas uruguayas. El escenario es fantástico. Una gran pantalla pasa continuamente flashes de las  actuaciones de los Cuatro de Liverpool, esperando a Paul.
Teresa asciende hasta su lugar en la tribuna, se sienta tímidamente, luego se para y empieza a mirar con su largavista, comprado en la entrada del estadio. Sus pies siguen el ritmo con soltura. Canta a viva voz los estribillos. Entonces entre las voces escucha una voz que reconoce al instante.
-¡Mamá! ¿Qué hacés acá?
Se vuelve  y dos filas más abajo, ve a su hijo Pedro con la novia.
-¡Hola, hijo! Ya ves, yo también vine a disfrutar a Mc Cartney.
-Pero…
-No te preocupes, estoy muy bien.
-¡Teresita… Teresita…! Una  voz grave y clara, hace que se vuelva. A dos pasos de ella, una mujer flaca, rubia, ríe abiertamente y la estrecha con fuerza.
-¡Diana! ¡Qué alegría enorme encontrarte justo aquí!
-Sí, vinimos en excursión; allá están Carlos, Rodolfo y Quina. Algunos no quisieron venir, otros ya no están.
-¿Te acordás cuando cantábamos en las peñas del liceo, los fragmentos que nos pasaba la gorda de inglés?
-Parecíamos una murga-, ríe Diana.
-Vení, bajá, voy a presentarte a mi hijo.
-Sí, pero después nos juntamos todos para celebrar el reencuentro.
-Pedro, esta amiga es Diana, fuimos compañeras de liceo en el 68, época de apogeo de Los Beatles.
-Mamá, ni me imaginaba que te gustaba Mc Cartney.
-Yo también fui joven, pero ahora, a callar que va a empezar.
Se apagan las luces y se destaca  abajo el escenario.
Diana y Teresa se abrazan. Pedro y su novia sonríen y las besan.
En medio de una luz plateada, un hombre alto, maduro, sencillamente vestido, se adelanta, levanta su guitarra. Estalla un clamor de júbilo.
En esa multitud, Teresa y Diana, y miles de sesentones como ellas, mezclan lágrimas y risas y tararean con voz quebrada, “Yesterday”.

Mientras la noche avanza, el corazón de Teresa recobra sus dieciocho años. Ríe, sueña, canta con Paul, para homenajear a la juventud que se fue.

SEGUNDA MENCION ALICIA LEONOR ORLANDO - DIETA LIGERA

DIETA LIGERA

                         Me pareció que iba a darle un síncope. Fue un milagro no ocurriera, especialmente conociendo las circunstancias.
-Flora, no te pongas así – le dije - ese tipo de cosas se hacen sin pensar, a veces por desesperación. Mirá, traje algunas,  las puse en el balcón y estallan en verdes. Cuanta razón tenés al decir que las plantas están en actividad día y noche, que respiran y que sin verdor son como la carne sin sal.
No respondió. Se marchó dando un portazo.

                          Días antes de viajar, Flora dejó sus plantas a mi cuidado. Acepté con extrema prudencia, pero, hasta las decisiones tomadas con extrema prudencia pueden comprometer a las personas.
Me hice cargo del invernadero sin conocerlo. Al entrar en él, tuve la impresión de estar en el trópico.
Flora había dejado un cuaderno con indicaciones: riego, poda, horas de luz, uso de abonos, plaguicidas, etc, etc,  nada del otro mundo, y el número de su celular.
Terminadas las tareas, en los atardeceres, recostada en la hamaca paraguaya, saboreaba un rico té y disfrutaba de la serenidad del lugar, esa serenidad de la que hablaba Flora, cuando cansada de  experimentar con la botánica, destinaba el resto del tiempo a gozar la belleza de sus colecciones de  bonsáis, de cactus de México, de orquídeas del Tibet, clasificadas con sus nombres vulgares y sus correlativos en  latín o griego.
Todo fue serenidad hasta aquella tarde, cuando las hojas de una Darligtonia Gigantis, vulgarmente llamada Lirio Cobre, extendieron pelos gelatinosos sobre el Enebro de ciento y pico de años (según decía el cartel), y  a modo de pequeños pulpos, los pelos envolvieron  un colibrí.
Tratando de rescatar tan delicada criatura, los pelos gelatinosos se  enredaron con los de mi cabeza.
El olor  repugnante del Lirio Cobre, la sofocante humedad del ambiente, el sentirme prisionera  y la aparición de Filo, terminaron por  aturdirme.
Mil veces me he hecho la misma pregunta  -Si Filo no hubiera llegado, y yo hubiera  tenido tiempo de llamar a Flora desde el celular, lo otro habría ocurrido.
Filo surgió como por generación espontánea, husmeando, demorándose. Apretaba contra el cuerpo un frasco de vidrio oscuro. Al verme se detuvo azorado, golpeteó el frasco con los dedos, hizo un gesto como diciendo que no me moviera, abrió el frasco y volcó parte del contenido en mi cabeza.
-¡Qué ha pasado! – dijo. Y agregó- Por favor no hable.
Su presencia en lugar de darme alivio me alteró, preguntó que había pasado y no me dejó hablar. Aunque, sin Filo no hubiera podido desenredarme de la Lirio, pero, ¡arrojar bichos sobre mí cabeza, fue algo asqueroso!
- Filisberto  López, puede llamarme Filo.- se presentó y dijo algo que en ese momento no creí. Dijo, estar encargado de alimentar las plantas carnívoras.
- En el cuaderno, Flora no hace referencia a plantas carnívoras – dije.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
Se alzó de hombros como si tal cosa  y poniéndose de rodillas, en una suerte de ritual, recogió el frasco y  echó el resto de su contenido sobre  la Lirio
2
La planta,  a modo de serpiente erguida, con una especie de lengua bífida le arrancó el frasco, lo tragó. Y supuestamente insatisfecha, se desquitó con Filo.
Él, no se esforzó por salir de la mise en scene. Sin desagrado se dejó rozar, mejor dicho “lambetear”. Sus mejillas se comprimían hacia arriba, la nariz se torcía, el maxilar inferior se ladeaba. Transfigurado y todo,  sonreía, con sonrisa obscena, un tanto feroz, como un actor de los llamados malditos.
Sin dirección ni referencia me desmayé. Cuando volví en mí, estaba embotada.
- Filo – llamé.
Nadie  respondió. Busqué mi celular, no lo hallé.
A pesar del embotamiento, que no fue breve, hice  conjeturas.
  • Yo tuve la culpa…no, la culpa fue suya...debió pensar en las consecuencias... yo no sabía  de las plantas carnívoras, él sí sabía.
           Lo imaginaba descabezado, prendido a la planta por los talones, deshecho.
          Cerca de mí, había una pala o una azada, no recuerdo con exactitud, la alcancé  a manotazos e intenté con ella abrir la boca de la serpiente vegetal. Después de un quejido corto,  la planta eructó restos de alas, de patas, de antenas y un líquido espeso que me dejó casi ciega.
Escapé del invernadero en cuatro patas, a tientas llegué al garaje, encontré fósforos y una damajuana, olía a nafta, la cargué, pesaba.
La  noche parecía caer  como un presagio, el resto vino por añadidura.
En la puerta del invernadero; volví la cabeza a un crujido como  de pisadas,  supongo que imaginarias, porque no vi a nadie. Trastabillé y al  perder el equilibrio, la  damajuana cayó de mis manos.
No me extenderé en detalles, encendí un fósforo, téngaseme consideración, no veía nada.
Sí, señor, la nafta se prendió, las  llamas alcanzaron las ventanas, los cristales estallaron, se derrumbó parte de una de  las paredes y del techo.
Después me enteré que el cuidador de la quinta El Remanso, vecina al invernadero, oyó la explosión y llamó a la comisaría. Y al ver el incendio avisó a los bomberos.
No había suficiente agua o faltaba presión, o todo era lo mismo, de modo que tardaron en apagar el fuego.  ¡Salía un tufo a sustancia ácida,  a podredumbre!
En medio de la catástrofe, fue increíble, Fito apareció en una ambulancia. Había ido en  busca de ayuda cuando me desmayé. En la misma ambulancia llevaron al cuidador de El Remanso con principio de asfixia.
Flora regresó al mes siguiente. No creyó nada de cuanto le conté, me recriminó no habérselo hecho saber inmediatamente. –¿No tenías celular, acaso?- dijo.                
           
                 Por ahora el lugar ha quedado con una sombría belleza de bosque nebuloso. Los desprendimientos ocasionales, absolutamente impredecibles, lo vuelven continuamente distinto.

 No deja de tener su encanto.