domingo, 12 de enero de 2014
sábado, 28 de diciembre de 2013
PRIMER PREMIO CUENTO CASTELLANO - DESALMADO
PRIMER PREMIO CUENTO CASTELLANO - DESALMADO
MARIA ESTHER YATTAL - VENADO TUERTO -SANTA FE
DESALMADO.
Cuando apareció dando altas voces por los parlantes, el pueblo entero
estaba hundido en el sopor de la siesta.
Todos dormitaban la tranquilidad del sueño sin ser molestados. Los niños
habían inventado un lenguaje silencioso y con tanta soltura que ni las risas
estorbaban. Hasta los fantasmas se perdían entre dèdalos de fantasía por el
temor a cortar los sueños ajenos, y volvían a sus paseos rutinarios cuando el
sol andaba con sus luces por otros mundos.
Al principio tuvieron la sensación de un zumbido en los oídos, después
se convirtió en un alarido que no pudieron apagar, y al segundo que siguió
supieron que un intruso les había robado el tesoro mas preciado, la siesta del
domingo.
El llegó en un carricoche armado con pedazos de coche antiguo, un motor
que daba zumbidos y saltos inesperados hacia delante debido a una pieza mal
colocada, a esto le había agregado la parte trasera de un colectivo en desuso y
luego pintura de colores sorprendentes. Estaba fileteado como los camiones de
verdulero y reunido allí todo el cielo, nubes, estrellas y coronado por los ángeles
mas inocentes y sonrientes que cualquier mente humana pudiera imaginar, con un
gran letrero donde se podía leer “COMPRO ALMAS, PAGO EL MEJOR PRECIO” Adentro, la
caja metálica tapizada de azul, piso, paredes y techo, tenia estanterías muy
ordenadas conteniendo cajones pequeños, todos iguales, que eran los recipientes
que albergaban las almas, y en el frente una chapa de bronce grabada a fuego
con los datos terrenales del vendedor.
Los niños se acercaron primero, con esa inocencia y curiosidad fácil,
rodeando el camión, mas tarde comenzaron a conversar como si se conocieran
desde siempre, y así fue como la curiosidad en los adultos aumentó y con la
excusa de regresar a los niños hacia la casa también ellos comenzaron a
acercarse.
Remigio,
el hombre más hostil del pueblo, quiso conocer los detalles del tumulto que
estaba causando el extraño recién llegado. Habló con él animadamente ante la
sorpresa de los demás, y dedujo que podía seguir viviendo sin su alma, ya que
no tenia idea de cómo era, nunca lo había molestado, y si es que tenia una, era
de lo mas insulsa, silenciosa e invisible, por lo tanto podría seguir viviendo
sin ella, entonces decidió venderla, arreglaron en un dinero que guardó ávidamente
en el bolsillo y se alejo sonriendo. Con la sonrisa satisfecha de Remigio se terminaron los recelos y de a uno fueron formando fila. Fue la fila más prolija y extraña que alguna vez vio el pueblo, y lentamente dieron la vuelta a la plaza, hasta que quedó cercada por un cordón humano, cada uno esperando su turno. El precio se establecía por normas entre el equivalente de: sueños alcanzados, amores encontrados, odios sepultados, y una infinidad de argumentos impensados. Así fue que a partir de una siesta destruida, ese domingo once de abril fue una experiencia desbordante de risas, ruidos, incertidumbre y conversaciones inesperadas.
Un soplo de aire rápido paso y se sentó a esperar en el cruce de calles
de la salida del pueblo cuando ya comenzaba a oscurecer y tampoco quedaban
vendedores.
Cerró las compuertas del camión y dio arranque al motor. Desapareció con
la misma música de ángeles cantores con que apareció, las ruedas apenas rozando
la tierra o así parecía. Esa noche el pueblo entero juró ver dos lunas
alumbrando el gran cuadro celeste en las alturas. ¿O seria un sueño?
Y despertaron absolutamente descansados por primera vez, desde toda la
vida.
Durante la mañana descubrieron que en el cartel de entrada donde con
orgullo resaltaba el nombre del pueblo una mano ignota había agregado: “DESALMADO, un pueblo sin almas”
Para quitar las dudas por si otro comprador aparecía por allí, queriendo
llevar fulgores de lunas dormidos en cajones.
1
SEGUNDO PREMIO CUENTO CASTELLANO-- EL HALLAZGO
SEGUNDO PREMIO CUENTO CASTELLANO - EL HALLAZGO
ISABEL PASCERI DE LUQUE - BUENOS AIRES.
EL
HALLAZGO
Hacía varios años que no visitaba mi pueblo, por lo que una vez que
todos mis parientes y amigos pasaron por la casa de mis padres a saludarme,
decidí tomar mi cámara fotográfica y
solita me largué por las calles del pueblo a tomar algunas fotos.
Deseaba abrazar los árboles de la plaza, saludar la “fontana” y volver
a sentirme niña recordando… Habían sido reemplazados los árboles por otros mucho mas delgados. La
fontana, me miraba con un poco de pudor, como si lo que
le había sucedido fuese culpa de ella. Estaba bastante deteriorada y manchada
de oxido, lo cual no impidió que me acercara a ella, y emocionada mis labios
depositaron un afectuoso beso en sus labios de acero.
El río Scorzone, que dividía el pueblo en dos, con sus gorgogeos, me contó todo lo que había
pasado durante mi ausencia.
Cada callecita me recordaba algo de mi infancia. Algunas habían
cambiado.
En la calle principal se habían instalado varios negocios con
pretensión de “Shopping” pero en realidad las calles que me producían una
cierta emoción eran las que seguían manteniendo las casas bajas y los añosos
árboles de acacia, que en primavera cuando florecían, inundaban todo el barrio
con su exquisito perfume.
Ese día había mucha humedad y los adoquines de la calle se encontraban
mojados.
De repente veo algo en el suelo, algo que había sido pisado y
embarrado. Hice el ademán de agacharme y levantar esa especie de figurita, pero
me detuve ¿para que quiero una figurita toda sucia pensé? Pero algo similar a
una fuerza oculta me impulsaba a levantarla y así lo hice. Elegí el momento que
nadie me miraba y rápidamente la levanto, era una pequeña figurita en cuero
repujado. La limpié con el dorso de la mano y vaya sorpresa……Lo que yo tenia en
mis manos, allí en un pequeño pueblo del sur de Italia, era nada menos que una
imagen de Martín Fierro.
Me embargó una gran emoción, ya que seguramente en ese pueblo nadie
conocía ese personaje, pero yo me sentía como la capitana vencedora de una
batalla gaucha.
Apoyé sobre mi pecho la imagen y mirando a metros de donde yo estaba,
apoyado a un árbol, alguien me sonreía con benevolencia y gratitud. Complacida
le devolví la sonrisa a Don José Hernandez.
TERCER PREMIO, CUENTO CASTELLANO- LA PENA NEGRA
TERCER PREMIO CUETNO CASTELLANO- LA PENA NEGRA
JUAN CARLOS CIA - CORDOBA
la Plata. Había que descender a la patria nueva. Comenzó
a caminar el tablón de planchada con lentitud. Tal vez la casualidad actuó para
hacer necesario que volviera al buque. Esa casualidad que parece formar parte
de la rueda de la fortuna. Había olvidado la manta que tejieron para el retoño nacido
de la desgracia. Tuvo la excusa para regresar, aunque sea un instante, a esa inmunda
oscuridad donde había perdido lo más querido, el eslabón que la unía a un ayer
feliz. El recuerdo de ese momento atroz hizo que la realidad
apretara su pecho sin abandonarlo más. Un futuro solitario le mostró su cara cruel de luto eterno.
JUAN CARLOS CIA - CORDOBA
La pena negra
Llenó su valija de
cartón sin lágrimas. Miró por última vez a su terruño sin lágrimas. Saludó a
los amigos del pueblo sin lágrimas. Apretó contra su pecho a ese chico rubio
con los ojos apenas brillantes. Decidió que no debía aguar el sueño de los demás.
Apretó los labios y aguardó con
resignación la partida.
No podía tolerar el
dolor que le provocaba escapar, aunque fuera de la miseria. Sus doce años eran
muy pocos para aceptar el adiós definitivo a todo lo vivido. Dejar el Piamonte,
enfrentar el océano, a cambio de poseer la tierra. Ver brotar trigales, tener
nueva casa, todo eso no era suficiente. El precio a pagar era muy alto, borrar
afectos, silenciar palabras amigas, olvidar a aquel chico rubio que recibió la
noticia con los párpados húmedos. Un precio demasiado alto.
Los hermanos, todos
varones, comprendían la importancia del pan seguro en la mesa. A ella no le
importaba la escasez, los zapatos remendados, la ropa zurcida. La certeza del
hambre en sus montañas a la incertidumbre de posibles manjares en inviernos
desconocidos. El futuro allí había muerto antes de nacer. Las decisiones eran
cosas de hombres y su padre ya las había tomado. Partir en busca de nuevos
horizontes era lo mejor para todos. Su
madre, con un hijo que se movía en el vientre, consentía sin reproches y en
silencio. Como lo debía hacer una mujer decente. Con el corazón quebrado y la
garganta cerrada esperaba la noche para mojar su almohada sin testigos.
La visión del
puerto de Génova quedó grabada en su corazón, era la última imagen real que la
unía a su pasado. La imagen que la hacía soñar con un retorno posible. Necesitaba aferrarse a la idea de volver. De
allí en adelante todo sería una desolada ausencia.
El viaje se hizo
eterno sobre ese infinito azul que no acepta huellas. Los inmigrantes iban en
lo más profundo del barco, en un gran amasijo de pobreza y ganas de dar hasta
la vida en otro suelo más generoso. Y de tantas ganas de dar la vida, su madre la
dió en el parto. No llegó a ver el nuevo paisaje. Lo suyo fue un peregrinar
lento y amargo dentro de las entrañas de metal, en una caja de madera rumbo a
la nada.
Y quedó sola. Sola
de soledad absoluta. La única mujer en una familia de hombres duros. Como madre
postiza de un crío que extrañaba la carne que lo había cobijado.
Con extrañeza vio como cambiaba el color del
agua y se hacía cada vez más terroso. Miraba con desconfianza a ese nuevo mar
oscuro y sucio que era el Río de apretara su pecho sin abandonarlo más. Un futuro solitario le mostró su cara cruel de luto eterno.
La pena se hizo más
negra.
Envolvió a su hermano con la pañoleta y bajó a
tierra. Mientras todos esperaban dolientes al cajón de la muerta, caminó hasta
la punta de la dársena. Miró hacia abajo. La superficie marrón, quieta y sin
espuma, se le hizo como de chocolate. El color de una infancia que desaparecía
con violencia y se perdía en la memoria. Cuando el corazón titubea, los pies se
equivocan. Dio un paso más, y fue el definitivo.
Los recibieron las
aguas tibias. Los hamacaron con el mismo vaivén constante conque se mece una
cuna. Abrazó al niño y se dejó llevar sin luchar. No prestó atención al llamado y a los gritos
desesperados de su gente. Sólo ansiaba hundirse en lo profundo. Que el mar
comprendiera que debía devolverla al puerto italiano. Ceñidos en la blanca
mantilla, los colores huyeron de sus rostros, hasta ser tan pálidos como el
tejido que los envolvía. Sus ojos azules, en un gesto de asombro, se abrieron
muy grandes y el mensaje de esa última mirada que ya no miraba, pasó a formar
parte de los secretos que esconde el cieno pegajoso de ese río pardo.
PRIMERA MENCION CUENTO CASTELLANO- MISION
PRIMERA MENCION CUENTO CASTELLANO-- MISION
CRISTINA NOGUERA- PERGAMINO
MISION
Ellos llegaron el día programado a ese planeta extraño. Sabían que el
lugar era turbulento y enardecido por la violencia. Los tripulantes bajaron de
la nave espacial a la hora establecida. Llevaban una misión importante que
debían cumplir estrictamente. El ejercito de ayuda estaba formado por mil soldados. Cada grupo de diez debía recorrer
zonas diferentes, guiados por mapas del lugar que ellos llevaban en sus
maletines. El aterrizaje fue a un tiempo determinado por los rayos del sol. Los
integrantes de esa extraña nave portaban
grandes banderas y en sus trajes leyendas
con instrucciones del trabajo que debían cumplir. Todo se realizó con exactitud. Su única función era llevar paz a
ese lugar del universo.
Los tripulantes comenzaron a caminar.
Solo había soledad y una total ausencia
de sonidos. Horas y horas transitando, por espacios desconocidos y desolados. El
silencio del lugar les llamó la atención porque estaban informados que escucharían
gritos, sirenas, quejidos, bombas y explosiones. El paisaje
silente mostraba una quietud extraña. El aroma que se sentía era acido y
nauseabundo. El cielo era de un color gris apagado. Los ríos estaban secos y mostraban una aridez espantosa. El ejército
de ayuda caminó mucho tiempo por pasillos asfaltados y no vieron hombres, ni
animales. En las plazas, en los campos
solo encontraron elementos abandonados. No existía vegetación. La tierra era negra casi carbón. Las rocas de las
montañas se desgranaban por la inmensa sequía. Solamente quedaban resabios de
objetos. Estos lucían silenciosos y fantasmales. Parecían mausoleos siniestros.
Uno y otro mostraban una inutilidad
enorme. Eran edificios, monumentos, cajeros automáticos, automóviles, aviones, carteles,
herramientas y tantas cosas que habían
creado esos seres que ya no existían.
Parecía no haber habitantes en el lugar.
El sigiloso escenario mostraba una
orfandad de seres. A lo largo de la evolución la extinción de las especies había
sido una constante. El ritmo de depredación había aumentado dramáticamente. Los
hombres habían destruido todo y se
habían autodestruido.
Los distintos grupos de búsqueda se encontraron en un lugar establecido
y en un tiempo que habían fijado en el momento del aterrizaje. Uno de los grupos de salvataje, de los cien que
recorrieron ese lugar, tuvo la suerte de encontrar a dos seres con vida, un
macho y una hembra. Algo había para hacer. Aun quedaba tiempo. No estaba todo
perdido.
SEGUNDA MENCION - CUENTO CASTELLANO- UNA ESTRELLA FUGAZ EN INVIERNO
SEGUNDA MENCION
UNA ESTRELLA FUGAZ EN INVIERNO
ROBERTO PARRA IRIATE - CHILE
UNA ESTRELLA FUGAZ EN INVIERNO
ROBERTO PARRA IRIATE - CHILE
Era una mañana
de Agosto, una sensación de frío nos recordaba, que el invierno llego fuerte
ese año. Había una actividad recreativa, no acostumbro ir mucho por tiempo o
trabajo, pero como otros amigos dijeron que participarían, decidí asistir…
Fuimos los primeros en llegar, nos inscribimos, hasta ese momento dos perfectos
desconocidos, tu te sentaste y yo de pie, quizás fue una mirada, un gesto, el
sentir que los dos éramos extraños en un lugar, que era familiar para nosotros,
pero que en ese momento, tuvo otro sentido, ya que, aunque las otras personas
que estaban, eran los encargados de la actividad y nosotros los participantes,
fue como si se hubiera creado un abismo entre nosotros y ellos. Un primer
saludo, sentarme a tu lado, decir una frase no pensada, romper el hielo, y con
ese temor subconsciente de si aceptará que me integre, en su burbuja sagrada, ese
espacio que generamos como una especie de barrera, de no querer estar con
otros, pero necesitamos estar con otros. Se venció el miedo, un primer paso, se dio la apertura y empezar a conversar. Las palabras comenzaron a fluir, como aquella
chimenea, que comienza suavemente a calentar un rincón del hogar en tiempo
invernal. Mientras llegaban otros
participantes y nosotros seguíamos conversando, teníamos ese momento mágico, y
no importaba que los fotógrafos del evento, anduvieran capturando estampas de la vida díaria,
tratando de encontrar el momento oportuno para esa, la mejor foto. Quizás en
algún álbum, estaremos los dos, y cuando otras personas vean estas fotos, que
historias, se contaran, algunos dirán
llegaron juntos,.. estuvieron conversando, a lo mejor son parejas. En un
universo paralelo nuestra foto será el alma de personajes de algún cuento de
amor.
Ajeno a esos
detalles externos, Tú y Yo continuábamos
conversando y de a poco tejiendo una tela de araña, con nuestros nexos comunes, hablar de profesiones, gustos,
personas conocidas, éramos de la misma ciudad…yo viviendo en ella y tú
disfrutando de unas pequeñas vacaciones. …… ya no éramos distantes, nos dijimos
nuestros nombres… y seguían llegando participantes, algunos conocidos y te
presentaba con ellos, como si fuéramos grandes amigos….y así pasaban los
minutos, teníamos ese breve tiempo y había que vivirlo, era tan efímero, pero
era una fortaleza para nosotros.
Esa mañana de
invierno ya no parecía tan fría, entre nosotros estaba la primavera, acercando
historias, construyendo sentimientos, haciendo que no nos preocupásemos de lo
que qué ocurría, en nuestro contorno,
era como si el tiempo hubiera decido ir mas lento para nosotros, hasta
que llegó la señal de que empezaría la actividad. Nos movimos, comenzamos ese
proceso por el cual acudimos, quizás era un momento de continuar en nuestra
conversación aislados de los demás, marginarnos de la actividad, disfrutando
del momento que se nos había entregado.
De repente ya no
nos vimos, tomamos senderos diferentes, y algo nos hacia pensar, que el tiempo
pasaría rápido, para reunirnos al final de la actividad. Yo sabia, por lo que habíamos
conversado, que tu ese mismo día tenias que viajar fuera de la ciudad, y
volverías en unos meses mas, así que era importante el poder despedirnos para
encontrarnos más adelante y poder intercambiar alguna dirección o un numero
telefónico. Pero no se pudo concretar, el estar contigo, fue como ver el paso
de una estrella fugaz, ocurre en un momento específico, no se planifica, uno
puede estar viendo el cielo y pasa esa estrella, con un rumbo desconocido. Una
vez alguien menciono que una estrella fugaz, es el alma buena de una persona
que va al cielo, ¿será así? Cuando pasa una estrella, algunos dicen… “cierra
los ojos y pide un deseo, pero no lo digas para que se cumpla” ….habrá algo de cierto…he visto estrellas
pasar, y no me acuerdo si alguna vez, mi deseo, fue el de conocer a una persona especial……si fue así, fue esta la
oportunidad o eras tu una estrella fugaz, que llego a mi, para cumplir con un
deseo particular, o quizás tu como estrella querías probar, lo que muchos el
ver tu pasar, te piden, antes que termines tu camino celestial.
Cuando camino
por las noches, me fijo más, en esa gran bóveda celestial, millares de estrella
brillando, con la esperanza de volver a ver otra estrella fugaz.
TERCERA MENCION, NOBLE AURORA
TERCERA MENCION, CUENTO CASTELLANO
NOBLE AURORA
SALVADOR ROBLES MIRAS. -ESPAÑA
Noble, el perro labrador de la niña Aurora, envuelto en una
toquilla azul de encaje, fue enterrado en el huerto de la vivienda familiar,
bajo la sombra de un almendro, horas después de ser atropellado por una
furgoneta cuando cruzaba la calle persiguiendo la pelotita de goma que, con
escasa prudencia, le había lanzado su dueña.
A la semana, un fino manto verde
cubría la tierra bajo la que descansaban los restos del animal.
Mientras
tanto, la pena de la niña, quien se sentía culpable de la muerte de Noble, lejos de remitir con el paso de
los días, se incrementó hasta los límites del infinito.
Los padres de Aurora,
consternados al principio y preocupadísimos poco después, en vista de que,
transcurridas dos semanas desde el atropello, la niña, abismada en una profunda
melancolía, no daba síntomas de recuperación, decidieron acudir a la consulta
del prestigioso psicólogo infantil Bartolomé Fuentes. Éste, con un discurso
plagado de tecnicismos y vocablos ampulosos, les vino a decir a los atribulados
progenitores que se armaran de paciencia unas semanas más.
-Cada cosa
a su tiempo –sentenció el psicólogo, recurriendo por primera vez a unas
palabras inequívocamente inteligibles-. El período de duelo varía en cada
persona, con mayor motivo en el caso de una niña de siete años.
-Y si su
estado de ánimo no mejorase en pongamos que otros quince días, ¿qué podríamos
hacer? –inquirió la madre, presa de la ansiedad.
-Si, para
entonces, su hija no ha salido del marasmo, implementaremos unas medidas ‘ad
hoc’.
-¿Implementaremos?
¿Marasmo?
-Pondremos en práctica un
tratamiento apropiado para combatir la tristeza pertinaz de la pequeña –tradujo el psicólogo.
-Ah, sí, un tratamiento para la
tristeza… Y ese algo, ¿qué será?
-Recurriremos
a la terapia.
-Pobrecita.
Sólo es una niña.
-Señora, la
terapia se fundamentará en la muestra de unos iconos disímiles acompañados de
los pertinentes mensajes susceptibles de deshacer el nudo de la aflicción. No se preocupe. Una
cosa sencilla.
-¿Y si le
compráramos otro perro? –preguntó de repente el padre, quien
hasta ese momento había permanecido mudo, con la barbilla hundida en el
pecho, quizá noqueado por el torrente de vocablos rimbombantes expelidos por el
terapeuta.
A Bartolomé
Fuentes le centellearon los ojos, como si el progenitor de la niña le hubiese
revelado la solución de un complejo acertijo psicológico.
-¡Genial! Ha dado usted en la diana. Cómprenle otro
cachorro. A veces, las obviedades se nos escapan por entre los intersticios que
dejan los acoplamientos sinápticos mientras nos engolfamos en trascendentales
reflexiones, como ha sido mi caso.
Cuando el
hombre y la mujer llegaron a casa y le plantearon a su hija la posibilidad de
adquirir otro perro, a Aurora no le hizo ni pizca de gracia la sugerencia, más
bien le disgustó.
-Sólo
quiero a Noble.
Descartada
temporalmente la opción del otro chucho, los padres confiaron en que el paso de
los días devolviera a la niña la alegría perdida, y, así, no tuvieran quesometerla, a sus pocos años, a una psicoterapia que, pese a las palabras del doctor Fuentes o precisamente a causa de ellas, les producía bastante aprensión.
Una mañana,
un mes después del accidente, en su visita diaria a Noble, a la niña se le ocurrió súbitamente arrancar algunas de las
briznas de hierba que crecían sobre la tumba del animal y pegarlas en una
lámina siguiendo los contornos de uno de los muchos dibujos que había hecho del
difunto perro. Cuando contempló la figura con unos ojos preñados de amor,
Aurora sintió que la esencia de Noble
se encontraba esparcida por la cartulina, y que, por lo tanto, a partir de ese
momento, el animal no yacería exclusivamente bajo las raíces del almendro; una
parte de él iría con ella a casi todos sitios, lejos de la oscuridad de las
entrañas terrestres.
La niña,
orgullosa de su sublime obra, entró en el salón de casa enarbolando la lámina como si se tratara del
estandarte de la familia.
-¿Qué veis aquí? –les preguntó a
sus padres.
-Unos
hierbajos que representan la silueta de un perro –dijo la madre.
-Es Noble y está dibujado con las mismas
hierbas que crecen sobre su tumba.
-¿Noble, éste? –preguntó irónicamente el
padre mientras examinaba con indisimulado desdén la figura que campeaba en el
papel.
-Pues claro
que es Noble –intervino la madre
mientras propinaba un leve puntapié a su marido-. Parece mentira que no lo
hayas reconocido, Santiago.
-Deja que
lo vea de nuevo –el padre se restregó los ojos, y simuló fijarse con más
detenimiento en la imagen-. Si no lo
veo, no lo creo. ¡Es el vivo retrato de nuestro Noble!
-¡Sí, lo
es! –repitió la niña mientras salía del salón dando brincos.
Aquella noche, persuadida de que
el perro velaría su descanso, Aurora colocó con sumo cuidado el dibujo de Noble debajo de la almohada de la cama.
Acunada durante el sueño por una
dulce nana canina, fue la primera vez en las últimas semanas que la niña durmió
de un tirón. Soñó con un angelito de cuatro patas que correteaba, sin
sobrepasar las lindes del patio, tras la pelotita de goma que le arrojaba con
muchísima cautela su dueña.
Cuando la luz del alba barrió las
sombras de la habitación, a las siete de la mañana, unos lengüetazos en la cara
y unos tímidos ladridos despertaron de sopetón a Aurora. Sobre el pecho tenía a
un perro, otro perro, muy parecido a su añorado Noble, que la miraba con unos ojos preñados de ternura. La pequeña
lo estrechó contra el pecho y lo cubrió de besos.
-¡Buenos días, mamá! –saludó la
niña, al cabo de unos pocos minutos,
irrumpiendo en la cocina con el animalillo entre los brazos.
-Guau –ladró Noble Segundo.
-¿De dónde
ha salido ese chucho? –preguntó la madre, soltando de la impresión la magdalena
remojada en café con leche que dirigía hacia su boca.
-Del sueño –respondió Aurora
mientras Noble Segundo le lamía los
ojos.
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